Para Neruda el otoño
era la época en la que el sol convalece, para Machado era olor a tierra mojada, para Sylvia Plath
era el verano que envejece, pero eso era antes.
Hasta hace poco, el
otoño marcaba los ritmos de la vida, estaba presente en laos pueblos de
Castilla-La Mancha. El otoño cambiaba la ciudad y hacía que, por los cinco
sentidos, la percibieran diferente, pero eso era antes.
Como nos cuenta el
profesor de matemáticas Jesús López, el otoño era antes la época en la que comenzaban
las clases en el Instituto. Los guachos
iban a la vendimia, para ayudar en casa,
aun sin saber cuánto les pagarían, pero llenos de ilusión por cosas tan
sencillas como abandonar los viejos tranchetes
de sus abuelos y estrenar modernas tijera de vendimiar. Su transporte, durante
veinte días o más, era un remolque y un tractor, que saltaba por los caminos y
permitía que el frío viento dejara gafos sus dedos de adolescentes. Se
divertían con los cantos de las cuadrillas, los chistes o persiguiendo una
liebre sorprendida que saltaba de la cepa. Durante todo el día, llenaban de
racimos las espuertas, que
descargaban, levantando a pulso los veinticinco kilos que podían pesar, con la
sola ayuda de un compañero. Cuando, avanzada la mañana, el capataz se marchaba
a la bodega con el remolque ya cargado, los chicos se apresuraban a llenar
rápido de nuevo todas las espuertas disponibles, con el anhelo y la esperanza
de no tener más remedio que descansar sus castigadas espaldas por no disponer
de ningún recipiente en el que depositar el fruto otoñal. Pero la oportuna
llegada del impertinente remolque vacío, justo al terminar de llenar el último capacho, les enseñaba lo duro que es
pagarse uno mismo los estudios.
En muchas ocasiones,
por ser otoño, la lluvia no quería perderse la jornada y, además de revivir la
tierra haciendo germinar en abundancia cualquier semilla caída en el suelo,
enfriaba los ya ateridos músculos de los estudiantes.
En los pueblos, los
niños jugaban con zompos hechos de
bellotas o las asaban para comerlas calentitas. Los remolques cargados de uva iban
goteando el mosto por las calles y su continuo trasiego inundaba las vías
urbanas de olor a vino. Los chiquillos, atraídos por el espectáculo, corrían
tras ellos con la generosa intención de aligerar su carga y degustar su dulzor
recién despegado de la planta. Al caer la tarde, las calles, ahora silenciosas,
se llenaban, como diría Miguel Hernández, de honrados vendimiadores con la ropa
mosteada y la merendera vacía. Pero
todo eso era antes.
Ahora, ya apenas huele a mosto ni se ven vendimiadores. Las clases en el Instituto empiezan en septiembre. Los estudiantes no se pagan los libros vendimiando, sino que llegan a clase en autobuses con aire acondicionado. Ahora no llueve y la tierra está seca. El otoño es casi un recuerdo lejano y le quieren quitar hasta el nombre, veroño llaman a lo que antes era la época más romántica. Solo nos queda, inspirados por Góngora, decir con melancolía: era del año la estación perdida.
Inmaculada Serrano Chumilla
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