La tradición de Don Juan Tenorio

 Toda época tiene su tradición asociada o su ritual correspondiente, pero ha querido la literatura regalarnos el más bello de cuantos se conocen. Ya en las pinturas rupestres se encuentran vestigios de la relación del hombre con la muerte. Los romanos instauran la celebración pagana de conjurar las almas de los muertos, costumbre que cristianiza la Iglesia en forma de variopintas representaciones  teatrales.



Que la muerte es parte importante de la vida está claro, pero nuestra relación con ella casi nunca es fácil, como tampoco lo es la existencia misma. Zorrilla escribió el Tenorio a los 27 años empujado por las apreturas económicas. Vendió la obra por 4200 reales y no triunfó, pero 16 años después tuvo que ver cómo otros se hacían muy ricos con su creación, que además se convertía en mito y en la pieza teatral más representada de todos los tiempos.

En la obra, como en la vida, hay de todo. Don Juan traspasa los límites humanos y divinos. Cual un ridículo Ícaro, la arrogancia y el desconocimiento de su condición mortal lo llevan a enfrentarse a lo sobrenatural, pero el predecible desastre no llega, pues el héroe, en el último instante, abre su conciencia a la luz de un sentimiento superior. Cada 1 de noviembre, las ánimas, los siniestros cementerios y los agoreros toques de campana nos recuerdan que convivimos con el misterio. La hermosa tradición que cada día de Todos los Santos nos sigue brindando la magistral poesía del gran Zorrilla nos enseña que en toda obra maestra se esconde un mensaje trascendente y universal al que merece la pena asomarse.

                                                                           Inmaculada Serrano Chumilla

                                                        Profesora de Lengua Castellana y Literatura

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