La semana pasada nos pillaba por sorpresa esta noticia en todos los medios: Alumnos del colegio mayor de Madrid Elías Ahuja llaman "putas ninfómanas" a alumnas de otro colegio vecino desde las ventanas y amenazan con violarlas a todas "en la capea" como una especie de ritual costumbrista propio.
No era una novatada, ni una broma, ni algo anecdótico. Era un auténtico disparate, machismo puro y violencia disfrazada de chorrada infantil. Después de los gritos del cabecilla "¡Putas, salid de vuestras madrigueras, conejas! ¡Sois unas putas ninfómanas, os prometo que vais a follar todas en la capea! ¿Vamos, Ahuja!" vino la acción previamente orquestada del resto de hienas que fueron levantando las persianas de sus habitaciones jaleando los gritos del compañero. Son insultos a sus compañeras solo por el hecho de ser mujeres, un menosprecio gratuito que sigue la senda marcada por aquellos que niegan la violencia machista y se inventan un relato acorde a sus intereses clasistas y su conservadurismo rancio. Son gritos que pretenden dejar claro quién tiene el poder y hasta qué punto pueden usar a las mujeres aunque solo sea por diversión.
Esto explica bien ese miedo que dicen ellas que sienten cuando van por la calle y aparece el típico machito con ganas de pavonearse vociferando y soltando basura por su boca. No es de recibo que esto siga pasando, y menos aún entre gente joven, gente que debería estar ya lejos de esa cultura patriarcal rendida a la ley del más fiero.
Por todo ello, hace falta una educación que enseñe a los hombres desde pequeños que las mujeres no son objetos sexuales, que nuestras diferencias son personales, no tienen nada que ver con los derechos, y que ejemplos como ese no pueden repetirse sin consecuencias ni quedarse en vídeo viral para ser rápidamente digerido y asimilado como algo normal.
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