Hace un tiempo leía lo siguiente en un artículo de El País (Ana María Longo): "El trastorno dismórfico corporal (TDC) se encuadra en el Manual Diagnóstico y Estadístico de Trastornos Mentales (DSM-5) y sucede cuando la persona que lo padece cree que existen partes de su cuerpo feas y focaliza su atención en ellas. De este término deriva, la dismorfia del selfie o de Snapchat y, aunque no se conocen muchos casos en la actualidad, es un concepto acuñado hace poco tiempo en EE UU para nombrar a aquellos individuos que presentan una alteración de su apariencia. La obsesión por los selfies, por una imagen óptima y cuidada y por lograr así la atención, los likes y el beneplácito de seguidores, causa que muchos niños y adolescentes, aquellos que se pasan gran parte de su tiempo pendientes de las redes sociales, se excedan con los filtros. De esta forma, los menores dejan de ser ellos mismos y alteran sus rasgos faciales, llegando en ocasiones a solicitar hacérselo, incluso, mediante cirugía estética. Curiosamente según los expertos en salud, los pacientes que padecen este trastorno lo perciben como un trastorno físico y no mental".
A tal punto ha llegado la obsesión por el filtro que muchos jóvenes, y no tan jóvenes, acuden a clínicas de estética con ese modelo de referencia, pidiendo a los cirujanos que les dejen los pómulos así, el mentón de esa manera o los labios de esa otra, tal y como salen en el montaje de Instagram. Se democratizaron los privilegios de las grandes élites, aquellos a los que el presupuesto les daba para retocarse cada cierto tiempo, primero sólo con photoshop para los reportajes de prensa, luego directamente con implantes, botox u otras variantes frankensteinianas. Ahora, cualquiera desde su móvil puede quitarse papada, ponerse pecas, adelgazarse el rostro, incluso ponerse pelo. ¿Magia? ¿Preocupante? Según todos los datos, es uno de los principales responsables de que en los últimos años haya aumentado en un 24% el número de pacientes de entre 18 y 24 años que recurren a la medicina estética. Muchos de ellos móvil en mano y con sus fotos retocadas vía filtro como forma de mostrar al médico el aspecto que les gustaría alcanzar y mostrar también en su vida real... La cosa pasa de mera anécdota a preludio de distopía cuando uno busca parecerse al reflejo de los filtros en lugar de buscarse a sí mismo. Así se desencadena la victoria del desencanto, la mascarada y las falsas expectativas.Una cosa sería querer mejorar, buscar la excelencia, y otra bien distinta convertirse en la criatura fantástica que publicistas o ingenieros multimedia han diseñado para el rebaño. Esa obsesión no es más que un autoengaño programado, además de causa de un trastorno que puede frustrar la vida de muchos adolescentes. Por eso, resulta vital crear conciencia de que no hay un cuerpo perfecto y apuntar a otro tipo de virtudes que sí ayudan a construir un autoconcepto. Y, por contra, desmitificar el postureo, no someterse a los cánones, no ser meros replicantes. En definitiva, la cuestión estriba en conocerse a sí mismo, ampliar el horizonte de libertad y participar en el debate público desde una postura abierta, racional y crítica.
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