Música, pintura, literatura, cine...una dosis de cualesquiera de estas manifestaciones artísticas nunca es en balde, sino todo lo contrario, nos eleva, hace dar un brinco al corazón, nos enseña, nos invita a cruzar el abismo sobre el alambre. Una simple imagen que derriba estereotipos, una pincelada que hace sucumbir a la mirada más fría, una nota que mancha el pentagrama, una frase memorable dentro o fuera de contexto, el héroe, el anti-héroe, el villano, la amada, la armadura, la pistola del agente secreto, la soga del ahorcado, la máscara del asesino en serie, el octavo pasajero, el músico de jazz...
Como escuchar ese disco mientras se plancha o mientras se dibuja o mientras se acaricia el cuerpo amado. Cuando el corazón late al ritmo que marca el metrónomo, cuando las cuerdas de una guitarra estremecen, rasgan el vestido del tímpano. Voces que cruzan la última línea del pentagrama como aves de paso. O el sonido de la muchedumbre que vibra ante preludio de ese concierto que ya nunca jamás podrá olvidarse. Más allá del dicho eso de que "la música amansa a las fieras" o de su importancia en el desarrollo cognitivo e intelectual, la vida misma está hecha de canciones, de melodías, de estrofas y estribillos, de marchas lentas o majestuosas sinfonías al galope.
Todo, letras, música, imágenes fijas o en movimiento, decoración, moda incluso, todo leve brote de belleza o fealdad, todo detalle o chispazo de creatividad hace de este mundo a veces tan dispar, tan desigual, tan cruel, tan absurdo, algo un poco más valioso, y de nuestra vida, una fuente de inspiración. Por eso, y por infinitas razones que no soy capaz de reunir aquí, hemos de entregarnos al embriagador perfume del arte, en todas sus formas y sabores. Seremos más humanos, más únicos, más lúcidos, más tolerantes, en definitiva, más felices.


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