Ayer murió una de las mejores plumas de este país, alguien con quien empecé a desempolvar mi afición a la lectura y mi sueño de llegar a escribir algo que sea digno de leerse. Ayer dejó de ocupar un lugar físico el cuerpo de una gran mujer, una mente lúcida y una mano ágil y valiente. Con ella descubrí a Lulú, a Manolita, a Malena, a Palomita, a tantas otras mujeres en cuyos cuerpos mutó el mío. Y en el suyo, en el de Almudena, voz áspera que acababa siendo dulce. Tan contundente con sus ideas, como tierna con sus historias. Siempre reivindicó la memoria para que los fantasmas del olvido y la sinrazón no acabaran por sepultarla o transgredirla. Si había que posicionarse, con lo que fuera, se posicionaba a riesgo de acabar siendo otra diana más de los cazadores de brujas. Con conocimiento de causa, con tantos y tantos testimonios que acabaron siendo parte de sus ficciones, a cuál de ellas más real. Por estas y muchas más razones, era necesario dejar aquí este pequeño homenaje a un talento que afloraba con solo asomarse de soslayo a cualesquiera páginas de sus muchos libros, ahora ya insuficientes para lo que le quedaba por mostrar. Gracias por quedarte ya para siempre, como el recuerdo de los que perecieron en las cunetas, como la voz de las que fueron torturadas y asesinadas, como las muchas pasiones rotas y convertidas en fuego que recorrieron las líneas de tu mano.
Comentarios
Publicar un comentario